MANIFIESTO
Nacimos en 1984. Crecimos en un mundo sostenido por ciertas formas, consensos y referencias. Maduramos en otro.
Hicimos el recorrido del ciudadano (educación, formación, cultura, instituciones) pero terminamos –en el mejor de los casos– siendo consumidores. Creímos, apostamos, presenciamos el fin del siglo XX, la paranoia Y2K y la esperanza del siglo XXI como una extensión de lo mejor del XX: los blogs, las tribus urbanas, la cultura alternativa, el indie. No sucedió.
El mundo para el que nos preparamos dejó de existir mientras intentábamos alcanzarlo.
Sin herencia ni proyección, miramos atrás y vemos referentes rotos, desdibujados o directamente ausentes; miramos hacia adelante y no vemos lugar para nosotros. No hablamos desde el rechazo a lo nuevo ni desde la nostalgia. Nos mantenemos atentos a lo contemporáneo, entendemos las transformaciones, nos dejamos ilusionar por cada novedad. Pero reconocemos una ruptura: no es que la época no nos incluya, es que ya no puede incluir a nadie.
La cultura de masas –que determinaba lo visible, lo compartido, lo que circulaba– se fue vaciando. En sociedades cada vez más empobrecidas (material y simbólicamente), para seguir siendo masiva tuvo que reducir sus capas, simplificar su lenguaje, abandonar cierta complejidad. Como contrapartida, las contraculturas ya no tuvieron estímulos para oponerse a ella y mutaron, como las clases medias y bajas de las que provenían, al aspiracionismo, al lucro. ¿El resultado? Todo es contenido, todo puede ser recortado, fragmentado, resignificado, y reutilizado sin límites según la ideología de cada usuario.
Los que hacen cultura y los que la difunden fingen demencia. Para sostenerse, para seguir ocupando un lugar, acompañan el vaciamiento con explícita y obscena complicidad. Se adaptan, simplifican, bajan el nivel. Amparados por el miedo a lo nuevo, como si la ola derechista no les insuflara ganas de disputar poder sino de cuidar lo adquirido, se hacen los boludos. No discuten más allá de lo obvio. Se elogian, se abrazan.
Lo que supo ser tensión entre ideología y mercado devino en una agachada general, no hacia el poder sino hacia el consumo. Para ser rentable, la cultura se vuelve cómplice de su propia degradación.
Así las cosas, no tenemos interlocutores. No encontramos voces que compartan nuestra experiencia del mundo. Como no tenemos quién nos hable ni con quién hablar, fruto de la orfandad y la soledad, hacemos este podcast.No buscamos proponer una alternativa. Buscamos contar nuestro lugar, nuestro punto de vista.
¿Quiénes somos?

Danilo Gatti
Es del conurbano. Trabajó diez años en call centers. En el primero de ellos conoció a Leandro. Hizo el CBC y dos años de Comunicación Social en la UBA. Vivía muy lejos de Caballito y desertó. Pasó a una universidad privada. Jamás se recibió, pues: conurbano.
Su primer trabajo con Leandro fue el ciclo radial de humor Acá Pasan Cosas que luego se convertiría en un exitoso sitio web de música, especializado en rock.
A fines de 2012 realizó los primeros ciclos transmitidos en vivo por streaming con bandas under (entre ellas, El Mató a un Policía Motorizado). Con APC tambien produjo eventos culturales en La Viola Bar, The Roxy y otros venues porteños. Supo escribir y ser publicado, supo tener un blog.
Trabaja de lo que puede (es del conurbano) y se esfuerza por mantener vivo el deseo (es del conurbano). Dirige en total soledad, Acá Pasan Cosas.
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Leandro Diego
Es porteño. Trabajó quince años en call centers. En el primero de ellos conoció a Danilo. Hizo el CBC y dos años de Comunicación Social en la UBA. No toleró el dogmatismo institucional y desertó. En 2010 se recibió de periodista en el desaparecido Instituto Grafotécnico.
Su primer trabajo con Danilo fue el ciclo radial de humor Acá Pasan Cosas, que luego se convertiría en un exitoso sitio web de música, especializado en rock.
Su pasión se desplazó a la literatura. En 2018 co-dirigió Zigurat, un sitio de reseñas de narrativa contemporánea local. En 2020 publicó el poemario narrativo Monoimi. Entre 2023 y 2024 colaboró con la revista Polvo escribiendo quincenalmente la columna En pausa.
Trabaja de lo que puede, medita, va al gimnasio, lee y escribe menos de lo que quisiera y se esfuerza por mantener vivo el deseo.
