1. El presente, la nostalgia y la curva descendente
Quejarse del presente no te puede convertir en un viejo meado cuya opinión no vale la pena considerar. No me cabe la impugnación por edad. La decrepitud puede aparecer a los 20, a los 40 o a los 80, y tiene que ver con la falta de ideas. Pero sí es cierto que hay que cuidarse de que la crítica al presente no se convierta automáticamente en una ponderación del pasado. Yo entiendo a Clemente cuando celebra ciertas experiencias culturales que a nosotros nos marcaron (graficada en su anécdota del falso Paul Stanley que vio en una pizzería). Hay algo de eso que es cierto: hubo discos, programas, artistas, medios, escenas de Los Simpson que marcaron vidas. Nuestra generación no vivió el arte y la cultura como un contenido cultural. Para nosotros significaban otra cosa. Ordenaban una sensibilidad, aportaban una forma de mirar, una pertenencia, una identidad.
Pero eso no significa que haya sido bueno en sí mismo, ni mejor en términos absolutos. Fue lo que vivimos. Es lo que añoramos. Pero eso no lo convierte en un bien universal. Lo que para nosotros fue maravilloso, probablemente para alguien de cincuenta años en los noventa era una decadencia respecto de los valores con los que él o ella se hubiera formado. Todo tiempo es ilusorio, sobre todo cuando el que lo vivió es uno mismo.
Ahora bien, tampoco alcanza la respuesta contraria: decir que toda crítica al presente es nostalgia. Si hace tres o cuatro generaciones venimos escuchando que antes todo era mejor, tal vez no haya solamente una deformación subjetiva de la memoria sino, también, una experiencia colectiva del deterioro. No necesariamente “este presente es peor que aquel pasado”, sino quizá, hace rato, la experiencia de vivir en sociedad viene en declive, y cada generación siente que el presente de su adultez es peor que el mundo de su juventud porque la vida común, en algún punto, se empobrece de manera sostenida desde hace décadas.
2. El espectáculo como idioma obligatorio de la época
En este fragmento de Tomás Rebord aparece una idea que me interesa discutir. Él parece asumir que, si la época se organiza alrededor del espectáculo, el entretenimiento, la viralidad y la disputa por la atención, entonces hay que intervenir ahí. Jugar ese juego, pero con otros contenidos. Traficiar influencias. Meter cultura, política, ideas o discusión pública dentro del lenguaje que la época permite.
Yo le creo esa cruzada. Me parece honesta. Incluso entiendo que, en cierto punto, funciona. Dinamiza cultura, mueve referencias, hace circular cosas que de otro modo no circularían. Pero no estoy seguro de que sea el camino. O, mejor dicho, no estoy seguro de que sea una salida.
Porque quizá eso mismo es lo que nos trajo hasta acá: discutir siempre en los términos que impone una época. En otro momento esos términos fueron más políticos, más militantes, incluso más violentos. Hoy son más económicos, más mediáticos, más atencionales: likes, audiencia, repercusión, entretenimiento, posicionamiento. Pero la lógica es parecida: aceptar las cartas del poder de turno y tratar de ganar con esas cartas: imponerle a la hegemonía otra hegemonía. Disputar la voluntad de poder con voluntad de poder.
El problema es que, cuando uno combate el entretenimiento con entretenimiento, ya aceptó una parte de la derrota. Cuando una práctica necesita volverse espectáculo para sobrevivir, algo de esa práctica ya fue entregado. No digo que haya que retirarse del mundo, ni hablar desde una pureza imposible. Digo que aceptar las reglas y replicarlas es, cuanto menos, peligroso.
3. Contra los dualismos: pensar, creer, sentir
En este otro extracto, aparece la idea de que el futuro de la humanidad se juega en una discusión casi teológica: si somos humanos porque pensamos o porque creemos. Rechazo esa dualidad. En el mejor de los casos, aunque suene cursi, diría que somos porque sentimos (entendiendo por sentir algo amplio, que incluye pensar y creer).
Me parece una trampa tener que elegir siempre entre A y B: creer o pensar, leer o entretenerse, humanos o transhumanos, tradición o futuro, cultura o tecnología. Esa forma de discutir obliga a construir posiciones públicas falaces por extraordinariamente dogmáticas. Como si hubiera que fabricar “el lado del bien” para que pueda competir contra “el lado del mal”. Cuando estar en contra de algo, rechazar ciertas modas o tendencias de una época, viene acompañado con proponer algo “superador” fácilmente caemos en la lógica del enemigo: yo tengo razón, yo la estoy viendo, el resto está equivocado y vive en el engaño.
Pero la discusión no pasa por ahí. No se trata de responderle a una fuerza grande con otra fuerza grande. No es necesario forzar una posición para poder enfrentarse a otras. No se trata de conducir a la humanidad, ni de tener una posta, ni de ofrecer una solución general. De hecho, esa necesidad tiene mucho que ver con lo que decía Danilo Gatti en el episodio piloto de La casa del ahorcado, el podcast que hacemos juntos, acerca de cierta tendencia del peronismo streamer a caer en el estereotipo de las masculinidades tirapostas: el tipo que sabe “la que va”, el que ordena el mundo desde una frase, el que reparte sentido desde arriba (lo que podríamos vincular con el vanguardismo: la idea de que un grupo selecto de piolas lidera los procesos de cambio).
Frente a la transhumanidad, por ejemplo, no sé si la pregunta más interesante es estar a favor o en contra. Eso pasará o no pasará, y probablemente esté lejos de nuestra voluntad. La pregunta sería otra: qué hacemos nosotros con eso, cómo nos transformamos, cómo nos conocemos, cómo sostenemos una práctica propia en medio de vidas cada vez más precarias.
Ahí me interesa más una comunidad de disidentes que no necesariamente esté de acuerdo en nada, pero que practiquen algo. No una comunidad basada en compartir afinidad de opinión o un dogma, sino algo más similar al concepto zen de “práctica”: gente que intenta mejorar la especie por la vía menor, más difícil y menos heroica: la mejora de cada uno. La lucha es más micro, pero no más cómoda. Está en el centro de uno mismo, en asumir las propias contradicciones de la época sin convertirlas automáticamente en posición pública y dignificar la vida, realizarse, sin la necesidad de conducir ni liderar nada ni a nadie.
4. La generación que critica el monstruo que ayudó a crear
Lo que dice Sanzo expone la gran contradicción de su generación, que llegó a ser mainstream, que vivió la masividad. Parte de esa generación —en su primera fase, la de Rock & Pop, y, sobre todo, la que vino después, en su fase Metro, más atravesada por el consumo, el entretenimiento y la canchereada permanente— inventó muchas de las poses de las que hoy se queja. El “da para darse”, “las 17 de las 17”, la opinión rápida, el cinismo simpático, el comentario de superioridad, el desprecio cool por lo que no entra en la propia sensibilidad: en Basta de todo vivieron una década burlándose de un tipo con problemas mentales. Yo no digo que merezcan el escarnio público, pero sugeriría que tengan la decencia de no quejarse.
Porque cuando ahora dicen “ya fue, no es gracioso”, es imposible no pensar: sí, ya fue para vos, porque envejeciste, maduraste o te cansaste. Pero eso que hoy te parece una degradación fue también la pedagogía mediática que ayudaste a expandir en una era en la que estar en los medios tenía un impacto real y comprobable en los modos de ser de las personas. La juventud que denostan, los streamers que hacen cualquier cosa por audiencia, creció viendo a sus padres reírse de las pelotudes que ellos mismos hacían en la radio.
Es cierto que hay degradación del público. Pero eso no sucedió porque sí. Sucedió por la cantidad de profesionales de los medios y del espectáculo que se bajaron los pantalones frente al rating, los tickets vendidos, los salarios: la tiranía del éxito. El último bastión de los medios masivos, que no solo fue parte de la degradación sino que la condujeron (y hoy lloran y se quejan como si ese proceso lo hubieran comandado empresas malvadas que nada tuvieran que ver con ellos).
5. La pretensión de hegemonía
El planeta está condenado si no aparece una forma política capaz de abstenerse de ser hegemónica. Gran frase, la de Lucrecia Martel al final de la entrevista que le hizo Rosendo Grobo. La extendería más allá de la política: a los medios, a los periodistas, a los artistas, a los escritores, a cualquiera que intente sostener una práctica. No hay que convertir en dogma tu lucha: esa es la trampa de la época. ¿Sos vegano? Sé el mejor vegano posible y no prediques. ¿Sos escritor de poesía? No creas que la poesía es lo más importante del mundo. No conviertas lo que sos en bandera. Primero porque lo que a vos te hace bien puede no hacérselo a los otros. Segundo, por algo todavía mejor: lo que te hace bien a vos puede no hacerte bien a vos mismo mañana. Aferrarte a tus elecciones te impide cambiar y en el cambio está la vida.
Vayamos a lo macro. El problema no es tener una visión del mundo. El problema es convertir esa visión en dogma. Los partidos llegan al poder y quieren regar al pueblo con su cosmovisión. No se ponen al servicio de los deseos de un pueblo: quieren que el pueblo desee lo que ellos desean. Los periodistas hacen algo parecido cuando se ponen al servicio de la batalla cultural y buscan que el público los banque por lo que opinan, no por la calidad de lo que hacen. Los escritores también son especialistas en construir teorías que justifiquen sus propias prácticas. El resultado de todas estas operaciones es el malentendido, que produce el empobrecimiento de las prácticas y las praxis, que deviene en la degradación del público que mencionaba Adrián Lacroix. La pregunta sería si se puede hacer sin dogma, si se puede sostener un hacer sin convertirlo en religión. Gobernar bien sin convertir el gobierno en doctrina. Hacer periodismo sin convertir cada nota en una toma de posición definitiva. Escribir sin armar un evangelio alrededor de las propias decisiones estéticas. Sostener un deseo sin falsearlo con una teoría que lo vuelva más presentable o, en última instancia, lo justifique.
